Wyoming, ha nacido una víctima

Hace falta tener una quijada de hormigón armado, con Terstsch hospitalizado tras haber sufrido la brutal agresión, para como hace Wyoming en pública comparecencia proclamarse a los cuatro vientos la Víctima del caso. En eso siempre aventajan los próceres progres a quienes se les oponen: en el festivo desparpajo (le extraña a Wyoming, jocosillo que es el hombre, que no le acusen de lo de Berlusconi, demostrando así lo que en realidad le preocupan ambos ataques) con el que jamás aceptan responsabilidad ni crítica alguna por su quehacer. Por denigratorio, por malicioso, por injurioso y calumniador que sea lo que ellos habitualmente despachan contra personas honestas, nunca reconocerán ni un error siquiera, convencidos como están de personificar siempre la Razón y el Bien en sus augustas y comiquísimas personas.

Entonces comparece Wyoming, como un casto divo, después de haber maquinado un montaje contra Terstch sencillamente batasuno, no para llamar a la concordia, no para admitir una mínima autocrítica, cómo podría él hacer algo así, sino para denunciar estremecido de angustia ante el orbe “que le quieren hundir, que quieren acabar con su PRESTIGIO como ciudadano, que quieren acabar con su carrera profesional”, y habla, precisamente él, que hay que echarle marmóreo rostro al asunto, de “críticas infames, de tergiversaciones perversas, de que sólo desde la mala fé (¡) se puede inferir de los videos que se alerta sobre intenciones asesinas”. Claro, tan aparatosas requisitorias en boca de Wyoming sólo pueden proferirse desde el cinismo más encumbrado (disfrazado de vaqueros raidos, eso sí) y desde la ceguera moral más desvergonzada, archiconocido el habitual desenvolverse de quien las enarbola. O sea, que al iconoclasta mayor del reino, que tiene a gala hacer befa y mofa, y cuanto más dañinas mejor, de cuanto para muchos es sagrado, resulta ahora que le angustian sobremanera… su carrera profesional y su mismo prestigio, como si de un forrado marquesón de la intelectualité, atiborrado de trienios y de honoríficas y burguesorras dignidades se tratase. Se pone de repente trascendente el sumo irreverente que es Wyoming, cuando contra él se vuelven sus propias maneras de hacer, y quiere encima que le pidamos perdón. No le gusta al doctor Wyoming, sin duda grande y hasta emérito en maledicencias y ridiculizaciones del oponente, probar la medicina, ni rebajada siquiera, que él a diario receta sin miramientos.

Más sobre el “caso Terstsch – Wyoming”

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