Falta de juicio crítico informativo en “La Repubblica”

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En la misma primera página del diario (La Repubblica) que hoy publica -sin más- como titulares seguidos que “La comunidad gay está contra Bertone”, que (se supone “porque”) el Cardenal Secretario de Estado del Vaticano ha dicho que los “pedófilos están asociados con la homosexualidad”, y que (quizá por todo el “escándalo montado por los medios”, que así no se menciona, por supuesto) han aparecido “Pintadas obscenas en la casa del Papa”. Objetividad informativa, dirán algunos. Pero este asunto de “bias” o de “doctoring” o “framing” comunicativo -que ya huele a manido ejercicio de hipocresía que, como quien no quiere la cosa, mueve al odio a la Iglesia católica- no es el que sólo llama la atención como algo patológico en el diario de hoy que estoy leyendo.

Lo que me escandaliza por tremandamente patológico es algo que viene luego (ver la foto), imagino que también presentado en plan de inocente objetividad informativa, pero esta vez con cierto todo de aquiesciencia y simpatía o quizá envidia.

Dice el pie de esa foto: “¿El garaje más bello del mundo? Es el diseñado por el arquitecto Takuya Tsuchida para un millonario apasionado por los Lamborghini: los coches pueden verse a través de una gran ventana de cristal sobre el que se puede andar, en el interior de la villa. Accionando una plataforma hidráulica, los supercoches pueden salir, pasando a través del salón. Llamada ‘Kre House’, esta villa se encuentra en Tokio, en el barrio elegante de Shirokane, y tiene sitio para nueve Lamborghini, desde la Countach Anniversary a la Diablo última serie, pasando por la Miuea y la Murcielago (foto da deluxeblog.it)”.

Nada que añadir, sino la exhibición “neutral”, más bien a fin de cuentas “encomiástica” y mostrando un aspecto “enviable” del lujo, el capricho, el derroche y demás defectos o vicios humanos, reales, que seguramente tienen otras cosas penosas asociadas, y que desde luego resulta fuertemente en contraste, si no contrarios, a una vida normal, con un mínimo de sobriedad (obligada o querida, según los casos) como la que vive el lector medio de ese o de cualquier periódico.

Y el caso es que el periódico parece que no tiene nada que reprochar a nadie, porque no hay nada que reprochar a nadie en este asunto, ni siquiera a sí mismo por esta falta de un mínimo de juicio crítico, de pudor informativo. De conciencia y sentido de la realidad.

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