Arcadi Espada: La inteligencia de la nación

Las quejas sobre la vulgaridad y malevolencia intelectual que alcanza el debate político y periodístico en España. Un lugar común. Hay que leer el New York Times, el periódico de referencia universal. Pero no para respirar y superar el atocinamiento, como se creería, sino para consolarse. El debate en torno a la matanza de Arizona y el nivel de violencia verbal que ha alcanzado la pugna política. En el editorial del Times hay un ejemplo básico de la retórica socialdemócrata. El párrafo número uno se despliega con la acostumbrada trompetería. Naturalmente los republicanos nada tienen que ver con la matanza. El párrafo número 2, captada la benevolencia del lector y ya perfectamente indefenso, susurra que los republicanos son la causa de la matanza. Nada distinto de lo habitual. La novedad (más o menos) está en Krugman. El columnista de referencia de la referencia. Premio Nobel. En realidad, y con el flamante Vargas Llosa, el único Premio Nobel que escribe regularmente en los periódicos. Krugman debe de estar en ese lugar en que la lucidez, la precisión y la sutileza se perciben como vicios del pobre. El gran lujo de las estupideces. Primero sentencia que la violencia verbal conservadora, las amenazas y la matanza de Arizona son eslabones de la misma cadena: Jared Lee Loughner solo es the next level de Sarah Palin. Luego parece como si el punto y aparte le tranquilizase. «Es cierto que el tirador de Arizona parece tener problemas mentales.» Pero enseguida se contagia: «Eso no significa que su acto pueda o deba ser tratado como un hecho aislado, que nada tenga que ver con el clima nacional.»

Acierta Krugman, sin embargo. La matanza de Arizona ya no se puede desvincular del Tea Party. Pero sólo porque Krugman lo ha dicho. Este es el hecho. El asombroso hecho. Por el momento no hay ningún otro hecho que vincule a Jared Lee Loughner con el clima de odio que denuncia Krugman. No debe de serlo, por ejemplo, el que la Policía haya descubierto que el jovencito ya preparó una matanza hace años, cuando el Tea Party era (¡sólo!) una sublevación fundacional de la nación americana. El hecho que construye Krugman pertenece a una extraña categoría de hechos no falsables: los que resultan de combinar las opiniones con el argumento de autoridad. Paradójicamente su carácter infalsable no los fragiliza. ¡Quia!: los blinda. La opinión de Krugman ya ha alcanzado el estadio plácido, invulnerable y amniótico de las opiniones del astrólogo. Y su devastadora influencia. Krugman. La inteligencia de la nación.

Me avergüenzo de haber criticado a tantos cronistas de sucesos que a las pocas horas de haberse producido un crimen ya sentencian su porqué en los titulares. ¿La decadencia del periodismo? No me hagan reír. Su éxito y diseminación abrasadores.

El texto, tomado de Google reader, está publicado (11 de enero 2011) en http://orbyt.es/

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