Juan Varela: sobre la (temible) banalidad de una confesión

Para confesar un crimen, mejor Telecinco que el juzgado. Más espectáculo, siempre cabe arrepentirse sin perjurio y aumenta el negocio y la emoción. Ana Rosa y su equipo consiguen la gran exclusiva en su programa: otra confesión de Isabel García el día del final del juicio inculpando a su marido Santiago del Valle de la muerte de la niña Mari Luz Cortés. La telebasura arrasa con la justicia y dicta sentencia sin confusión a la espera de la decisión de los jueces.

William Randolph Hearst, el magnate de la prensa amarilla, proclamaba en 1887 “la invencible determinación del San Francisco Examiner de llevar a los criminales ante la justicia”. Los reporteros del diario llegaban donde policía y jueces no lo hacían. Entonces, como en nuestra telerrealidad cotidiana, la verdad importaba menos que el espectáculo. Nada como la ficción moralizante y vocinglera de los tertulianos para desdibujar los límites entre la vida y el melodrama. Ver al equipo de Ana Rosa conduciendo a la confesa ante el juez parece una charanga justiciera por el esperpéntico Callejón del Gato valleinclanesco.  

Los sentimientos y las sensaciones por encima de los hechos y la investigación. Isabel García vuelve a prisión por su declaración y se investiga a ‘El programa de Ana Rosa’ y a la productora Cuarzo por el trato a la mujer y cómo se produjo la confesión de una persona con deficiencias psíquicas. La banalización del mal en una continua hiperficción hasta hundir a todos en las mentiras. La primera, que lo que se presenta ante los espectadores es periodismo. (…)

Animo a terminar de leer el texto de Juan Varela en su columna de Estrella Digital.

Pero, desde luego, sobre la “banalidad del mal”, asunto bien conocido de Hannah ARENDT, también hay otros autores que han aportado algo que conviene no echar en saco roto:

Nicolás GRIMALDI en su obra “L’ardent sanglot” cuando trata de las relaciones entre el mal y el arte y observa y dice que cuando cualquier cosa puede aspirar a la dignidad de ser una obra de arte, cuando cualquier cosa es al tiempo tan interesante como insignificante, cuando “nada es ni bello ni feo, ni emocionante ni ridículo”, es que el mal ha triunfado por doquier.

Eso sí: el mal no es tan presuntuoso como para pretender ser amado, estimado o apreciado: le basta con persuadirnos de que no hemos de juzgar.

Pero sucede que hemos de juzgar precisamente acerca del mal, como lo advierte, por ejemplo, N. BILBENY, al hablar del idiota moral (“El idiota moral. La banalidad del mal en el siglo XX”, Barcelona, 1993), tras la huella de H. ARENDT (“Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil”, London, 1994).

Hay que refrescar ante nuestra cultura los riesgos de lo trivial, el peligro de engolfarse en banalidades, porque la idiocia moral hace que el mal predominante, a veces inconscientemente promovido, sea hoy el mal banal (como fue el mal hecho por Eichmann o Stalin).

Un mal que es tan brutal como el mal pasional y tan monstruoso como el mal satánico (Calígula, Nerón o Charles Manson) o el mal mesiánico (Goebbels, McCarty o Ramón Mercader), pero que a diferencia de estos tres, es el más siniestro por ser menos perverso, precisamente por ser el único en que no exige deliberación por parte de quien lo lleva a término.

Más cabe decir acerca de la temible banalidad en las personas y en los medios, pero quizá basta, por el momento, para despertar la conciencia sobre el asunto, con esto recordado a propósito de lo escrito por Juan Varela.

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