Diego Contreras sobre la columnista del NYT y Juan Pablo II: la calumnia como argumento

Sucede con muchos de los comentaristas del New York Times que ya sabes qué van a decir incluso antes de leer el texto. Eso no es necesariamente negativo (supongo que yo mismo –a un nivel mucho más modesto- soy previsible en mis comentarios). Lo peor es que esos comentarios estén plagados de afirmaciones categóricas, dogmáticas, sin una base de hechos que las apoyen. En esto, una de las mayores expertas es, sin duda, la columnista Maureen Dowd. Sobre todo cuando el tema es la Iglesia católica, que es su blanco preferido.

A la señora Dowd le gusta recordar de vez en cuando en sus columnas que nació en una familia católica, como queriendo decir: “sé de lo que hablo”. Por desgracia, pocas veces lo demuestra. Sus artículos son una colección de estereotipos, un manual de pensamiento radical-chic de obligado cumplimiento. A quien se le ocurra salirse de su ortodoxia se enfrentará con una agresividad ciertamente poco femenina.

En su última columna para el diario neoyorquino (se necesita registro), la señora Dowd arremete contra Juan Pablo II, a quien Benedicto XVI va a beatificar con la esperanza -añade Dowd- de conseguir un impacto de relaciones públicas. Juan Pablo II, nos dice Dowd, fue progresista en muchos aspectos, pero fue “preocupantemente retrógrado” en otros como la anticoncepción, la ordenación de mujeres, el celibato, el divorcio. Y sobre todo: “Juan Pablo perdió su derecho a la beatificación al no establecer una norma jurídica para eliminar los pederastas del sacerdocio,  sino que simplemente dio las espaldas al problema por muchos años”.

Se ve que la señora Dowd no sabe que fue precisamente Juan Pablo II quien en abril de 2001 estableció la norma jurídica para atajar este problema,  el motu propioSacramentum sanctitatis tutela”. Eso fue tres años antes de que se publicara el “John Jay Report”, el exhaustivo estudio encargado por el episcopado norteamericano sobre los abusos cometidos por sacerdotes, que ofreció una nueva perspectiva sobre el problema. Decir que JPII miró a otro lado durante muchos años es una frase efectista, pero falsa.  Pero afirmar -como hace más adelante- que Juan Pablo II “protegió” a pedófilos es harina de otro costal. Aquí la señora Dowd no argumenta: se diría que se limita a calumniar a quienes le resultan antipáticos. Y es obvio que JPII está en la lista (aunque no sea el único). 

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