Nacho de la Fuente: ¿Quieres forrarte con esto del periodismo?

Escribe Nacho de la Fuente este breve razonamiento, lúcida reflexión casi irónica sobre una patología o un mal endémico de quienes (empresarios y presuntos periodistas) se olvidan de la verdad y del bien común.

Si quieres forrarte con esto del periodismo sé muy sectario y partidista. A todos los que lo son les va muy-muy bien. Es evidente que a los periodistas-tertulianos más parciales se los rifan las cadenas de radio y televisión para crear polémica y gritar a mansalva. Incluso les llueven columnas de opinión en potentes medios afines a su periodismo-propaganda. Si eres de derechas o de izquierdas las 25 horas del día y no admites ni un gramo de autocrítica hacia los miembros del partido que siempre defiendes te irá francamente bien. Te forrarás. Una parroquia de forofos te elevará a las alturas con unos vertiginosos índices de audiencia que te abrirán las puertas de los mejores despachos. Actúa sin escrúpulos y endiósate lo suficiente. Ni se te ocurra ser imparcial, objetivo o con capacidad para pensar o dudar. Por Dios, ¡ni dudes ni pienses! Si lo haces dejarás de ser un periodista de referencia entre tus parroquianos, sean zurdos o diestros, y rápidamente te apartarán del periodismo-espectáculo. Ese que a golpe de chequera pisotea al auténtico periodismo. Ese que antepone cantidad a dignidad. Ese pan nuestro de cada día.

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Lluís Foix: periodismo de mentiras y chantajes (sobre Murdoch y el NoW)

Lo que Lluís escribe en su blog:

Ha caído el diario de más venta en Inglaterra. Pero ha caído algo más. Se ha derrumbado el falso prestigio montado por The News of the World que en los últimos 30 años introdujo la mentira, el soborno y la perversión en la forma de influir en la opinión pública.

Último ejemplar de News of the World

Rupert Murdoch, de 80 años, es el autor intelectual y material de un modo de hacer periodismo que ha causado una gran perturbación a la libertad en Inglaterra. El periódico, y se supone que todos los medios que Murdoch controla y domina en Estados Unidos, Canadá y Europa, implantó un régimen de miedo y terror en la clase política y en cualquier personaje que asomara a la fama.
Compró información, silenció a policías, también a políticos. Contribuyó a la victoria de Tony Blair y a la David Cameron. Con el poder del The News of the World y la del que fue venerable The Times, también del The Sun, otra pieza de gran valor del sensacionalismo sin escrúpulos de la prensa de Londres, Rupert Murdoch se aseguraba la llave de la puerta trasera del número 10 de Downing Street.
La libertad en un país que la ha practicado consistentemente a lo largo de los siglos ha sido secuestrada en cuestiones fundamentales. Ha sido el diario The Guardian el que ha destapado el entramado de abusos, delitos y amenazas para obtener información. David Cameron no tuvo más remedio que debatirlo en el Parlamento y habrá más sesiones sobre el caso.
El que fue director del The News of The World, Andy Coulson , fue nombrado jefe de prensa en junio de 2010 pero tuvo que dimitir cuando empezaron a publicarse informaciones sobre prácticas sospechosas mientras era director del diario. El cierre de un semanario de 168 años de historia ha causado un cierto sentido de liberación en la opinión pública británica. Un australiano con fuertes intereses mediáticos en todo el mundo condicionaba también la política británica.
Su hijo, James Murdoch, dijo en Edimburgo hace dos años que “la única garantía fiable, durable y perpetua de la independencia de un diario es el beneficio”. Se olvidó de mencionar el beneficio a cualquier precio y con cualquier medio.
Trabajé muchos años en la misma calle de The News of the World, una salida de Fleet Street que se llama Bouverie Street. Muchos sábados me quedaba hasta las 12 porque el semanario seguro que iba a publicar algo que sería noticia al día siguiente. Ya lo había comprado Murdoch y los prejuicios habían desaparecido.
El periodismo no es un laboratorio perfeccionista. Dicho de manera más directa, el periodismo no coincide siempre con la verdad. Muchas veces porque la verdad se resiste a manifestarse en toda su complejidad y simplicidad. Otras porque los que intentamos atraparla y transmitirla no conocemos todos los datos.
Me comentaba en una sobremesa el antiguo director del “The Times”, William Rees-Mogg, que un periodista ha de estar abierto a todos los puntos de vista lo que no significa que sea indiferente a todas las actitudes. Un periodista ha de ser fiel transmisor de hechos, declaraciones y comentarios. Pero es mucho más que todo esto. Ha de saber situar todos sus conocimientos al nivel de los códigos de conducta que son norma general en cualquier otra profesión.
Hacer apología de la trampa, del mal, del terrorismo o del engaño sería un mal servicio a la sociedad y a la opinión pública. Es obvio que lo tiene que explicar y comentar todo, con pelos y señales, pero sabiendo que hay unos límites que no se pueden traspasar. Uno de esos límites es la mentira o, lo que es peor, las medias verdades, conseguidas por medios inconfesables.
El veterano periodista polaco, Rudyard Kapuscinski, gran viajero y sutil observador de la vida de la gente normal en situaciones extremas, cuenta que estamos en un momento en el que los medios ya no observan lo que pasa sino que participan en los hechos. Y los manipulan con sus mentiras y sus informaciones inciertas. Dice Kapuscinski que es frecuente que los medios participen en el capital financiero en circulación sin preocuparles demasiado la ética periodística y sí las cuentas de explotación y los resultados.
Nos encontramos ahora en que el mundo capitalista, en su versión más radical, ha socializado la información. No lo han hecho los comunistas o los socialistas. Lo han hecho los capitalistas en nombre de la libertad de expresión y del servicio a la sociedad. Bienvenido sea este nuevo instrumento del conocimiento y de la comunicación. Siempre y cuando sea en servicio de la libertad. Nos encontramos en que cada vez más son menos los que deciden lo que se dice o se calla, lo que se emite o no se emite, los que fijan los criterios de lo políticamente correcto en cada momento y circunstancia.
Escribía hace unos meses que este monopolio de la información y de la opinión no puede tener larga vida. Por una razón muy sencilla. En este mundo comunicativo cada vez más socializado ya no son los periodistas y las empresas los únicos que tienen el privilegio de decidir lo que hay que decir o no decir. Hay cientos de miles de ciudadanos en todo el mundo que hacen de periodistas porque tienen los instrumentos imprescindibles para crear y difundir información y opiniones en tiempo real por todo el planeta.
Rupert Murdoch autorizó a que los periodistas de muchos de sus medios traspasaran muchas líneas continuas. Cometieron delitos que no pueden pasar desapercibidos por la ley. Nada garantiza que lo que ha ocurrido en The News of the World no esté pasando en los centenares de medios que Murdoch tiene en todo el mundo. José María Aznar, miembro del consejo del grupo mediático de Murdoch, podría decir algo al respecto. Muchas gracias.

Toni Piqué: periodistas y periodistas, a propósito del NoW y Murdoch

Escribe Toni Piqué Siete anotaciones sobre el caso Murdoch, muy interesantes de leer y pensar. Reproduzco la primera, “Periodistas y periodistas”:

Brian Cathcart explica que la confusión en el debate sobre la prensa en el Reino Unido se debe a que se usa “periodista” para designar a dos tipos de profesionales: a los que lo son de veras y a esos personajes cuya principal actividad profesional es invadir la privacidad de la gente para publicarla.

Uno de los orígenes de la confusión es el temor a que el Parlamento británico, para defender a los ciudadanos de los abusos de la prensa amarilla, aprobara una legislación restrictiva que afectara también a la prensa periodística. Pensaron que todos juntos –cabras y cabrones– se defenderían mejor.

Error. La diferencia entre ambos es profunda. “El periodismo –sigue Cathcart– tiene un valor demostrable para la sociedad. Nos dice lo que es nuevo, importante e interesante en la vida pública; pide cuentas a las autoridades; promueve un debate informado; entretiene; ilumina. Por supuesto, esto no se hace sin complicaciones. A veces se precipita y es imperfecto. De vez en cuando incluso hace cosas desagradables y hasta ilegales para conseguir sus objetivos. Pero, por lo general, perdonamos ese lado oscuro como parte de la cosa, aunque esté mal, porque el periodismo en su conjunto trabaja por el interés público. El periodismo está bien o, dicho de otro modo, sin él seríamos mucho más pobres.

“En cambio, invadir la vida privada de las personas con intención de publicarla no es bueno, aunque pueda ser un buen negocio. En ese ejercicio, el engaño y la información pagada son rutina, no excepción. Los asuntos de que se habla casi nunca son relevantes –salvo para las víctimas, cuyas vidas suelen verse arruinadas para siempre. Esa actividad se ejerce en la frontera de la legalidad, saltando de un lado a otro de la línea a conveniencia y sin tener en cuenta el interés público para nada. “Es divertido”, alegará alguno. Sí. Tanto como las ejecuciones en público”, remacha Cathcart.

Ignacio Aréchaga: Magnates de la prensa, no dueños de la opinión

Reproduzco este interesante texto de Ignacio Aréchaga, que no versa directamente sobre alguna patología de la comunicación pública, en la medida en que éstas suelen situarse en los medios. Pero se trata de una patología de la “comunicación pública” en la medida en que buena parte de la opinión pública y de la ciudadanía hablamos con excesiva facilidad de la poderosa influencia de los medios en la sociedad y en la política. Las cuestiones de opinión pública y de medios de comunicación, vistos en términos generales, son algo bastante más complejo de lo que ordinariamente se supone. Como bien dice Aréchaga, “los magnates pueden comprar periódicos, pero no son dueños de la opinión.”

Las actuales tribulaciones de Rupert Murdoch y de Silvio Berlusconi muestran que se puede ser un magnate de la prensa, sin ser capaz de dominar la opinión y de controlar la vida política. Si hay algún imperio mediático hoy día en el mundo, este es News Corporation, el grupo levantado por Rupert Murdoch, con ingresos de 23.200 millones de euros en 2010 y beneficios de 2.820 millones. Un emporio que mezcla periódicos serios influyentes (The Wall Street Journal, The Times), prensa sensacionalista (The Sun), múltiples periódicos en Australia, cadenas de televisión (Fox, parte de BSkyB), estudios cinematográficos (20th Century Fox), edición de libros (Harper Collins) y un larguísimo etcétera.

Este despliegue de medios ha hecho que tradicionalmente Murdoch sea presentado como una fuerza mediática capaz de levantar y derribar gobiernos. Su espaldarazo habría sido decisivo para el triunfo del Nuevo Laborismo de Tony Blair, y, después, para la consagración de David Cameron. En Estados Unidos, la cadena Fox se considera el ariete contra la Administración Obama, y News Corp. no tiene inconveniente en donar un millón de dólares a la Asociación de Gobernadores Republicanos.

Y, sin embargo, en unas escasas semanas Rupert Murdoch se ve obligado en el Reino Unido a tomar la dolorosa decisión de cerrar el millonario tabloide News of the World, y de retirar su OPA sobre la plataforma de televisión BSkyB, pocas horas antes de que se debatiera en los Comunes una moción, que tenía el apoyo de todos los grandes partidos, para pedir a Murdoch que renunciara a esa operación de 8.000 millones de euros. Y además Cameron anunciaba la puesta en marcha de una comisión de investigación sobre las escuchas ilegales, con poderes para obligar a declarar bajo juramento, a la que los Murdoch han sido convocados. Ahora el gobierno y la oposición parecen rivalizar en su indignación y su agresividad contra el periodismo sensacionalista e invasor de la privacidad, alentado por los directivos de News Corp.

Lo curioso es que en pocas semanas el imperio de Murdoch en el que no se ponía el sol parece haberse eclipsado. Pero ¿no se nos decía que la influencia política de Murdoch era determinante en la política británica? ¿Que los políticos le rendían pleitesía para ganarse su favor? Ahora los mismos periodistas que denunciaban el poder omnímodo de News Corp. se ven obligados a explicar cómo es que los políticos buscan la yugular de Murdoch y la opinión pública que compra su prensa le reprocha sus métodos.

Lo más probable es que antes se exagerara la capacidad de influencia de Murdoch sobre el público y que ahora se dramatice su revés, imitando así el estilo sensacionalista que se reprocha a los tabloides.

Lavado televisivo de cerebro

También era opinión común que Silvio Berlusconi tenía en un puño a la opinión pública italiana con su hegemonía televisiva en la península, en la que se sumaba la cadena privada Mediaset y su influencia en la RAI a través del gobierno. Tras ganar varias elecciones, la última hace tres años, la oposición se desesperaba con los votantes, que seguían apoyando a Berlusconi a pesar de sus escándalos. Todo se explicaba por el lavado televisivo de cerebro.

Pero el mes pasado la mayoría de los electores respaldaron en referéndum cuatro iniciativas propuestas por la oposición (sobre energía nuclear, propiedad del agua, permiso para que el primer ministro y los ministros no acudan a juicio), desoyendo la invitación a la abstención del jefe del gobierno. Participó el 55,8% del cuerpo electoral, por encima del 50% necesario para que las consultas fueran vinculantes, y, como cabía esperar, casi el 95% de los que fueron a votar apoyaron las propuestas.

¿Cómo una opinión pública tan manipulada ha podido desautorizar al manipulador? Los cronistas que antes denunciaban el letargo del cuerpo electoral ahora saludan su despertar: “La opinión pública italiana, a la que muchos daban por anestesiada…” (entre esos muchos, el corresponsal de El País que escribe eso). De repente se descubre que “pese a haber vivido una larga era de manipulación y propaganda, la cultura política sigue viva en Italia”. La alegría permite al corresponsal abandonarse al lirismo: “Los italianos han hablado como un pueblo libre y han dado una lección de pasión democrática”. Se sobreentiende que cuando votaban a Berlusconi lo hacían como un pueblo esclavo.

Es fácil convencerse de que cuando la gente vota algo que no nos gusta es porque ha sido intoxicada y manipulada. Pero no estamos en regímenes de prensa y partido únicos. Hoy día en Europa hay la suficiente variedad de medios de prensa como para que ningún grupo imponga su visión particular y todos estén sometidos al escrutinio de otros. También en el caso de los problemas de Rupert Murdoch, ha sido otro medio, The Guardian, el que ha ido desvelando las prácticas fraudulentas de News of the World.

Los magnates pueden comprar periódicos, pero no son dueños de la opinión.

Scott Monty: The gamification of News

Hacer de las noticias y de los medios sociales un juego más o menos competitivo no es necesariamente, de suyo, una patología. Pero puede llegar a serlo.

 “Gamification” seems to be the up and coming buzz word. You may recall that in April, I covered Empire Avenue in a post about the gamification of social media. Now, Google is in the news (literally) with a gamification project of their own, and I think it has some potential.

Let’s explore why.

This week Google announced the launch of their Google News Badges. Google heralded the launch with the following description:

The U.S. Edition of Google News now lets you collect private, sharable badges for your favorite topics. The more articles you read on Google News, the more your badges level up: you can reach Bronze, Silver, Gold, Platinum, and finally Ultimate. Keep your badges to yourself, or show them off to your friends.

You’ll probably feel like the badge adoption seems familiar; after all, Foursquare made this a central part of their service. The first time you unlock a badge on Foursquare, whether it’s an achievement you can expect (like the “Superstar” badge for 50 check-ins) or one that surprises and delights (“Crunked” for making 4 or more check-ins on one night), the service gives a positive feedback loop that makes members want to use the system even more.

Similarly, Google has created a way to make some fun and competition out of what you already do – that is, read the news. They’ve created categories with badges that allow you to level up and share your achievements if you wish. But, being acutely aware of many peoples’ need for privacy, they’ve also given you the option to turn the feature off. To me, this still makes it a viable system because there’s an element of self-competition here as well. We all like to see our own achievements, whether or not we want to share them with the world.

Google plans further developments to this project as they get feedback and observe the usage. In addition, it’s highly likely that they’re determining news reading habits from the data they’re receiving, which in turn will lead to better optimization or customization of news stories. While you’re already to get customized news categories via RSS readers, custom modules on sites like Netvibes or Google’s own iGoogle home page, Google’s news badge system could usher in the era of truly customized news stories for readers everywhere.

 

Montse Doval: Jesús Cacho sobre la corrupción y la falta de independencia del periodismo español

Habla clarito, no se deja nada en el tintero. Se puede estar de acuerdo con todo lo que dice o no, pero se le entiende todo, algo que agradecemos todos los que formamos parte del público y no estamos al tanto de lo que se cuece en las reboticas de medios, políticos y poderes económicos.

Jesús Cacho Cortés, Un model d’èxit a la premsa digital espanyola: El Confidencial from Agitación.net on Vimeo.

Vía Jesús Cacho Cortés, Un model d’èxit a la premsa digital espanyola: El Confidencial on Vimeo.

Politicians aren’t scared of Murdoch; they’re scared of a world without him

Over the decades, each phase in Rupert Murdoch’s rise to media dominion has taken on a dreamlike quality, with the central players acting and speaking in ways that are simply incredible.

A lordly British minister would describe his decision to let Murdoch gobble up The Times and Sunday Times of London as quite independent of Prime Minister Margaret Thatcher, though colleagues could plainly see the lady alongside, urging him on.

Reagan officials, examining U.S. media law, could see no obstacle to Murdoch becoming the boss of Fox—though the relevant provisions were perfectly visible to informed observers.

More recently, Britain’s culture secretary, Jeremy Hunt, has made a habit of claiming that his decision to let News Corp turn its effective control of British satellite TV into a 100 percent monopoly had nothing to do with Prime Minister David Cameron’s close links to certain squalid outriders of Emperor Rupert’s horde. Until a week or so ago, no one but Hunt’s mother could believe it; now even Hunt himself has reconsidered.

The standard explanation for these unpersuasive performances is that political movers everywhere are peculiarly terrified of Murdoch. But that’s misleading nonsense.

Politicians aren’t usually cowards. Fear does play a role, but chiefly as the aversion all political elites feel for authentic journalism—and from which Murdoch actually protects them by anesthetizing those media enterprises that fall into his hands.

Political figures such as Britain’s Culture Secretary Jeremy Hunt and Prime Minister David Cameron fear not Murdoch himself but the threat that he would unleash his media enterprises to commit authentic journalism. (…)