Cain Nunns: El cine occidental como instrumento de propaganda para China

La taquilla cinematográfica de EEUU ya no es lo que era.

En 2010 la venta de entradas supuso tan sólo una tercera parte de los ingresos del sector. Esa porción de la tarta va en continuo descenso desde las cifras récord logradas a principios de siglo.

En lo que respecta a la producción, la actual coyuntura económica significa que los inversores están financiando menos películas.

¿Qué va a hacer Hollywood al respecto?

En parte, los cineastas estadounidenses están mirando más allá de sus fronteras en busca de nuevos mercados y fuentes de ingresos.

Uno de sus destinos clave es China, la economía de crecimiento más rápido en el mundo, y base de una pujante industria cinematográfica. También es famosa por su censura, y eso plantea serios problemas a los estudios de EEUU.

Los expertos dicen que poner rumbo a China significa jugar bajo unas reglas totalmente nuevas, que no suelen favorecer la libertad de expresión.

Para tener éxito en China, algunos productores de EEUU están creando películas que retratan un país edulcorado y que después distribuyen por el resto del mundo.

Ejemplo de ello es la película protagonizada por John Cusak “2012”, en la que China aporta heroicamente arcas para salvar al resto del mundo de una inundación global y del exterminio total. La película logró el visto bueno de Pekín y tras su estreno batió el récord de taquilla en China.

Aunque el uso de las artes para comunicar un mensaje estatal no es una nueva táctica en los países comunistas, China parece haber encontrado una manera inteligente para exportar su mensaje oficial más allá de sus fronteras.

“Realmente es muy inteligente. No necesitan censurar las películas ellos, sino que las productoras occidentales lo hacen por ellos”, dice Liu Lee-shin, un experto en cine chino de la Universidad de Taiwán. “Esto está pasando también en Taiwán y en otros países asiáticos que quieren una porción de la tarta artística china”.

“Si haces una película que se exhibe en Canadá que Pekín considera anti china, es bastante probable que ninguna de las futuras películas o documentales de tus estudios se vuelvan a mostrar alguna vez en China”, añade.

China limita actualmente el número de películas extranjeras que se pueden exhibir en sus cines a 20 por año. Pero recientemente Pekín ha empezado a cortejar a los productores de Hollywood para que se establezcan en China, para realizar coproducciones y joint-ventures con estudios locales, casi todos ellos fuertemente vinculados al partido y al estado.

Las coproducciones permiten a los empresarios occidentales evitar la cuota de exhibición de películas extranjeras y acceder a los acaudalados inversores chinos. Pero también significa que los estudios se convierten básicamente en socios de un representante del gobierno.

Liu dice que Pekín incluye al sector cinematográfico en un plan de propaganda multimillonario a través de las artes. “Están sacando a artistas, directores, actores y productores de todas partes, y nadie quiere decir que no. O bien el dinero que les ofrecen es demasiado, o no quieren ofender al partido”, sugiere.

“Véase ‘The great revival’, una producción masiva que celebra el 90 aniversario del Partido Comunista chino. Más de 100 estrellas participaron en la película, que es propagandística y que a los actores les pagó el almuerzo”.

Fuentes del sector dicen que China es la primera en reconocer la disposición que demuestra Hollywood por poner los dólares por encima de la libertad de expresión y artística.

“En Hollywood hay actualmente personas que andan por ahí pensando ‘¿qué contenido chino puedo colocar aquí?, ¿qué puede funcionar?’”, dice Michael Berry, profesor de lenguas y culturas de Asia en la Universidad de California, Santa Bárbara.

“Con las inversiones masivas en producción y marketing y con todo lo que está en juego, los productores de EEUU están adoptando un papel ultraconservador y sacando refritos homogeneizados y estereotípicos”.

Berry advierte que no es sólo Hollywood el que está “aguando” sus productos para que sean aceptados oficialmente en China.

El arte contemporáneo, la danza, el teatro, la literatura y los medios de comunicación también están en juego, señala.

“El consumidor medio no va a ser consciente del nivel de autocensura que se está produciendo. Si quieren encontrar ideas alternativas en China tendrán que buscarlas por ellos mismos”, dice Berry.

En lo que respecta a las audiencias occidentales, indica, hay actualmente tres grandes vehículos que se están usando para difundir una visión “autorizada” del país.

Primero, la épica china, como “Crouching Tiger Hidden Dragon” [Tigre y Dragón] o “Hero”, que proyectan una romántica imagen nostálgica de la vieja China.

Segundo, las películas que relatan historias de alienación personal y los problemas de una sociedad en transición hacia un ideal occidentalizado de desarrollo. Un ejemplo es “La ducha”, sobre un atareado ejecutivo que descuida a su adorable anciando padre, encargado de una sala de baños.

La tercera son taquillazos que retratan una China heroica, como “2012” de Cusak.

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