Recordando a Vargas Llosa sobre periodismo y cultura del espectáculo (“La era del bufón”)

Quizá puede parecer que no viene a cuento de nada específico de actualidad, pero el caso es que -hablando con unos colegas- he recordado el artículo que Mario Vargas Llosa publicó hace casi dos años, “La era del bufón“.

Era un artículo escrito a propósito de un despropósito ya olvidado, y en él decía que “los medios ahora no deben dar noticias sino ofrecer espectáculos, y detrás de ellos se desbaratan las fronteras entre la verdad y la mentira”. Dejando de lado el despropósito que le brindó la oportunidad de escribir, estos que siguen son unos párrafos que sin duda siguen teniendo interés:

(…) La información en nuestros días no puede ser seria, porque, si se empeña en serlo, desaparece o, en el mejor de los casos, se condena a las catacumbas. La inmensa mayoría de esa minoría que se interesa todavía por saber qué ocurre diariamente en los ámbitos políticos, económicos, sociales y culturales en el mundo, no quiere aburrirse leyendo, oyendo o viendo sesudos análisis ni complejas consideraciones, llenas de matices, sino entretenerse, pasar un rato ameno, que lo redima de la coyunda, las frustraciones y trajines del día. No es casual que un periódico como Le Monde, en Francia, que era uno de los periódicos más serios y respetables de Europa, haya estado varias veces, en los últimos años, a las puertas de la bancarrota. Se ha salvado recientemente una vez más, pero quién sabe por cuánto tiempo, a menos que se resigne a dar más espacio a la noticia-diversión, la noticia-chisme, la noticia-frivolidad, la noticia-escándalo, que han ido colonizando de manera sistemática a todos los grandes medios de comunicación, tanto del primer como del tercer mundo, sin excepciones. Para tener derecho a la existencia y a prosperar los medios ahora no deben dar noticias sino ofrecer espectáculos, informaciones que por su color, humor, carácter tremendista, insólito, subido de tono, se parezcan a los reality shows, donde verdad y mentira se confunden igual que en la ficción.

Divertirse a como dé lugar, aun cuando ello conlleve transgredir las más elementales normas de urbanidad, ética, estética y el mero buen gusto, es el mandamiento primero de la cultura de nuestro tiempo. La libertad, privilegio de que gozan los países occidentales y hoy, por fortuna, un buen número de países del resto del mundo, a la vez que garantiza la convivencia, el derecho de crítica, la competencia, la alternancia en el poder, permite también excesos que van socavando los fundamentos de la legalidad, ensanchando ésta a extremos en que ella misma resulta negada. Lo peor es que para ese mal no hay remedio, pues mediatizar o suprimir la libertad tendría, en todos los casos, consecuencias todavía más nefastas para la información que su trivialización.

Las secuelas no previstas de la entronización de la cultura del espectáculo -sus daños colaterales- son varias, y, principalmente, el protagonismo que en la sociedad de nuestro tiempo han alcanzado los bufones. Ésta era una nobilísima profesión en el pasado: divertir, convirtiéndose a sí mismo en una farsa o comedia ambulante, en un personaje ficticio que distorsiona la vida, la verdad, la experiencia, para hacer reír o soñar a su público, es un arte antiguo, difícil y admirable, del que nacieron el teatro, la ópera, las tragedias, acaso las novelas. Pero las cosas cambian de valencia cuando una sociedad hechizada por la representación y la necesidad de divertirse, su primer designio, ejerce una presión que va modelando y convirtiendo poco a poco a sus políticos, sus intelectuales, sus artistas, sus periodistas, sus pastores o sacerdotes, y hasta sus científicos y militares, en bufones. Detrás de semejante espectáculo, muchas cosas comienzan a desbaratarse, las fronteras entre la verdad y la mentira por ejemplo, los valores morales, las formas artísticas, la naturaleza de las instituciones y, por supuesto, la vida política. (…)

vía La era del bufón | Edición impresa | EL PAÍS.

Juegos del hambre televisivos: Telecinco ata en corto a Isabel Pantoja

No estoy seguro de que el mundo que presenta la película “Juegos del hambre”, tan exitosa hoy (y en el próximo futuro con sus dos o tres nuevas partes, siguiendo las novelas), haya tenido éxito por la crítica que ofrece de los manejos totalitarios de la vida y desde luego de la televisión en ese mundo.

Tampoco se trata de hablar aquí de esa película. Más bien se trata de hablar de un suceso en el que la vida de cada día imita o recuerda esa misma penosa realidad. No sé si Isabel Pantoja tiene hambre, ni sé si su contrato con Telecinco implica abandonar su vida, en lo que tiene de personaje público, en manos de la dirección de contenidos de Telecinco.

En todo caso, me parece penoso que lo que esté en juego sea la comercialidad del personaje que lleva el mismo nombre que la persona Isabelk Pantoja. Penoso por la manipulación comercial a que se somete, y penoso por la consciente y calculada manipulación o manejo en clave de entretenimiento por parte de Telecinco.

Esto puede leerse en El Confidencial Digital:

La escena es la siguiente: uno de los programas más exitosos de Telecinco emitió un vídeo en el que se veía a Paquirrín y Jessica Bueno. Los colaboradores del programa aprovecharon el momento para criticar en directo a Isabel Pantoja y a su hijo. La reacción de la cantante fue la de llamar a la cadena para preguntar si podía defenderse.

Según ha podido saber El Confidencial Digital, la relación entre Isabel Pantoja y Telecinco se ha normalizado. Atrás quedan las disputas entre ambas partes, donde hubo una gran tensión que estuvo a punto de provocar una profunda crisis. Ahora, Pantoja hace caso de los que le dicen los directivos de la cadena.

El ejemplo más claro sucedió hace tan solo unos días. Isabel Pantoja estaba en su domicilio cuando pudo ver que en Telecinco estaban criticándola en directo. No le gustaba el tono. También hablaban de su hijo, Kiko Rivera y de su pareja, Jessica Bueno.

La cantante descolgó el teléfono y llamó a la dirección de Contenidos de Telecinco. Hay que recordar que el directivo que más trato tiene con ella es Leonardo Baltanás, director de Producción de Contenidos, que fue quien la convenció para firmar un contrato de cadena con Mediaset.

Pantoja quería entrar en directo por teléfono para defenderse de las críticas que estaba recibiendo. Sin embargo, según las fuentes consultadas por ECD, la dirección de la cadena no se lo permitió. Aseguran que no quieren ‘quemar’ su imagen, por lo que tomaron la decisión de que no participara en el programa.

Hay que recordar que no es la primera vez que Pantoja quiere defenderse personalmente de las críticas de un programa. La última vez estuvo a punto de provocar un terremoto: telefoneó a la competencia, Antena 3. Concretamente, al programa de Susanna Griso. La cinta con la grabación la conserva la cadena de Planeta en un cajón. Aseguran que algún día la emitirán.

Esta llamada de Pantoja a Antena 3 provocó que Telecinco sacara del cajón la ‘tv movie’ que tenía sobre la vida de la cantante. La cinta, que relataba con crudeza aspectos íntimos de la cantante, como su amistad con Encarna Sánchez, fue emitida por la cadena como represalia por la traición con la cadena de la competencia –léalo aquí-.

Al final, ambas partes firmaron un pacto para que Isabel Pantoja no tuviera que pagar dos millones de euros a Telecinco –amplíe aquí más detalles-.

Montse Doval: El PP encalla de nuevo en la comunicación

El PP siempre confunde comunicación con propaganda y ante la crítica que merecen sus medidas sobre educación y sanidad piensan que una campaña publicitaria lo arreglará. Parece que no han aprendido nada ni del Prestige, ni de la guerra de Irak, ni del 11-M ni de los ocho años en la oposición. Da la sensación de que o no se dejan aconsejar o los que les aconsejan no saben nada de comunicación. Hoy, el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, les da unos consejos al final de su carta semanal. El último párrafo es el que sigue:

Esa labor de pedagogía es la que brilla por su ausencia en un gobierno percibido, según el propio Toribio, como «poco proclive a explicar». Y pretender sustituir lo que debería ser la constante comparecencia del presidente Rajoy en todos los foros y formatos por una campaña de publicidad como la anunciada por Cospedal, sólo servirá para añadir agravio a la dejadez. El jefe del Gobierno está obligado a explicar de forma articulada por qué subió el IRPF, por qué no les cantó las cuarenta a Zapatero y Salgado por el engaño del déficit, por qué pospuso los Presupuestos a las elecciones andaluzas, por qué dijo una y otra vez que no habría copagos y ahora los ha impuesto, por qué excluyó la Educación y la Sanidad de su programa de recortes y ahora las ha incluido, por qué descartó la subida del IVA y ya la tiene programada, por qué a pesar de las reformas sube otra vez la prima de riesgo y baja otra vez el rating de España, por qué el aumento del paro está superando las previsiones más pesimistas y no se vislumbra alivio en toda la legislatura o, ya puestos, por qué se lanza un nuevo plan penitenciario que rebaja las exigencias para el acercamiento de etarras a cárceles vascas. Mientras no conteste todas estas preguntas, no existirá el clima de confianza imprescindible para seguir empeñados en cruzar el Delaware.

Aquí está empezando a crearse un gran equívoco. Como decía Callaghan, «gobernar no es ceder» y ¡ay de los pusilánimes que se arredren ante las dificultades! Pero gobernar sí es responder y de eso no parece terminar de darse cuenta el señor Rajoy.

vía Cuando Jesús despertó en la barca, de Pedro J. Ramírez en El Mundo | Reggio’s.

El PP y Rajoy en concreto, viven empeñados en que sus interlocutores son el PSOE y el resto de la oposición, por eso eluden responder a los periodistas, dar entrevistas o explicar claramente los motivos de sus medidas y el futuro de sus acciones. Es como si los ciudadanos españoles no merecieran una explicación y, en caso de merecerla, ésta vendría en formato slogan, nunca en un diálogo de intercambio mutuo de inquietudes y desconfianzas. A mí, como ciudadana, me da la sensación de que el Gobierno se piensa que soy una oveja a la que pueden transportar, esquilar o vender; no hay necesidad de que me expliquen por qué hacen lo que hacen y no otras cosas y qué tienen pensado en caso de que sus planes no funcionen. Tampoco me explican por qué, si hay consenso general en que la culpa de la situación española es el pésimo comportamiento de bancos y cajas, la cosa se arreglará en cuanto los ancianos paguen las recetas.

Es decir, el Gobierno se ha olvidado de que la democracia no es ganar unas elecciones y legislar sino que es gobernar no sólo para el pueblo sino con el pueblo.